Escondido tras los oscuros recovecos de los pabellones del puerto, Jansen esperaba el momento justo para salir y desplegar los movimientos que fríamente calculó. El objetivo pasaba delante de la caja que lo ocultaba. El niño sonreía, solo faltaba un poco más. Escuchó los últimos pasos que aseguraban que el objetivo estaba a una distancia prudencial, en ese momento, sin que pudiera percibírselo, Jansen dio un salto, en un segundo se encontraba detrás del otro niño.

- Jansen, ¿dónde estás?

Cuando escuchó esas palabras, el niño dio un golpe sutil en la nuca de su amigo.

- Otra vez perdiste.

Jansen se lanzó a la carrera en dirección al farol que alumbraba la calle. El otro niño desesperado, retrazado por el efecto sorpresa, corrió hacia el mismo lugar, esforzándose por alcanzar a su amigo que tenía una leve ventaja.
Luego de dar una bocana profunda de aire para calmar la agitación, el ganador sacó una pequeña navaja e hizo una marca en el tronco del farol.

- 4 a 0 y avanza el contador. ¿Seguimos?

- Estaba muy oscuro, y además, todo el tiempo haciendo trampa.

El juego había terminado, ninguno de los dos sabría, que aquella sería la última vez. “Pabellones del puerto”, “escondidas” y “sonrisas”, palabras que Jansen recuerda con melancolía. Hoy que tiene 20 años, vuelve sobre los recuerdos de su infancia, tratando de aferrarse a momentos de felicidad: solo ha encontrado tres en un mar de palabras tormentosas.
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No podemos precisar con exactitud en que momento Jansen decidió escribir el último reporte, las palabras últimas que cerrarían un ciclo de su vida, el “Fin” que daría por terminado el diario que registró durante muchos años sus alegrías y pesares. No queda registro escrito de aquellos años, en el fuego ardieron una noche de vicios y alcohol. En el aire se sentía, el resplandor de las llamas y la ceniza que volaba tensaba el ambiente, las palabras parecían volar desesperadas, escapando a su triste final; las hojas eran instantes, segundos, chispas que desaparecían en un abrir y cerrar de ojos. El personaje de cara oscurecida (sus años inocentes habían terminado, su facciones dejaron de ser pueriles) se limitó a observar repitiendo un ejercicio mental singular, algo así como un rito interior y espiritual: las hojas danzaban en el fuego y su memoria quemaba los recuerdos que se perdían en el calor y las llamas, funeral de guijarros de su vida y su infancia, momentos que procuraría nunca más recordar.

Sentado en el sillón se quedó dormido. La borrachera era tal, que a pesar del incendio no se despertó en toda la noche. Los vecinos alertaron a la guardia, que más tarde que pronto llegó al lugar para evitar que el fuego se propague. Dicen los investigares que examinaron la escena que el dueño que la casa se habría quedado dormido con la chimenea prendida, el resto fue obra del calor y las llamas. Nada sobrevivió al incendio salvo, paradójicamente, el mismo Jansen: el perezoso amaneció en el mismo sillón con algo de resaca de la noche anterior. Curioso incidente que al día de hoy es recordado en todo el barrio. Los vecinos atribuyen al hecho un gesto divino de Solares, el protector de los pobres; sus hermanos, más realistas que los demás, afirman que alguien tuvo que intervenir de alguna “extraña manera” para que el fuego no lo alcance; el mismo Jansen jamás quiso detenerse a recordar el hecho, bastante tuvo con la sensación de haber salvado su vida por un pelo (pero dentro suyo algo lo inquietaba, los recuerdos de esa noche le parecía lejanos, de una vida ajena, olvidada). Los investigares le entregaron unas hojas que se salvaron del fuego, las encontraron cerca de la chimenea. Solo podía leerse una frase en el ennegrecido papel… “imperiosa necesidad de recuperar la inocencia”. Jansen guarda todavía ese pedacito de su diario, lo inquieta saber que nunca ha escrito ese pasaje, sabe muy bien que aquella no es su letra. Lo toma como un mensaje.
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Nace el padre introyectado

Hacía mucho calor a pesar del invierno. El personaje caminaba con la mirada baja y sus manos en los bolsillos, recordando. “No soy un extraño” se repetía. No se encontraba un alma en las calles. Dobló en una esquina, detuvo su paso y controló su cinturón, el frió filo de la daga aguardaba. Siguió su paso relajado intentando sacarse la imagen de su mente, trató de pensar en momentos que lo hagan evadir, pero no, no había forma. Volvió a doblar en la esquina, esta vez se detuvo en la entrada de una casa de dos pisos, la puerta estaba abierta y daba a una escalera. Con sumo cuidado se deslizó en silencio sin que oiga un solo ruido. Frente a la segunda puerta, la que sí estaba cerrada, tomó un pequeño alambre e hizo un juego con la cerradura. Una vez adentro, oculto entre las sombras de la habitación, se acercó lentamente hacia la cama. “No soy un extraño” mentalmente repetía. Un hombre yacía sentado en la cama, de espaldas al personaje que había entrado sigilosamente en su cuarto, fumaba mirando en dirección a la ventana, el paisaje era bellísimo: el puerto de Doroteh con sus barcos anclados y el reflejo de la luna en la quietud agua. Reflexionaba. “No soy un extraño”, esta vez el personaje, rompiendo el ejercicio mental, deslizó un suave susurro entre sus dientes. El hombre soltaba largas bocanadas de humo, la pieza estaba cubierta de un ambiente neblinoso que otorgaba a la escena un velo de irrealidad tenue…

El diálogo entre los dos hombres es irreproducible. Quedará grabado con fuego en la memoria de ambos para siempre. La charla que comenzó con el abrupto despertar de la ensoñación del padre por el repentino arribar de su hijo, continuó con tensión y violencia verbal, propiciaron insultos y calumnias, pasadas de cuentas pendientes, rencores y odios; tomó un ritmo lento en esta nueva etapa, aunque seguían a oscuras se puede intuir que derramaron lágrimas. Cuando todo parecía arreglarse, en medio de un fuerte abrazo que se dieron padre e hijo, Jansen desenvainó de su cinturón la daga, sus manos temblaban y pudo escucharse en todo el barrio un solo grito…

Los testigos mencionan unas palabras poco claras y luego un fuerte golpe. Una señora que se asomó por la ventana vio salir a un hombre corriendo de la casa de Gregorio, por supuesto lo perdió de vista al instante. Quedó registrado en la declaración la siguiente frase: “No soy un extraño”. Esa mañana no se lo encontró al dueño de la casa en su hogar, la guardia comenzó el rastrillaje. No había un sospechoso, solo el hombre que escapó que nadie pudo reconocer. Un rastro de sangre en la habitación, que no conducía a ninguna parte, eran unas pequeñas gotas que cayeron de la cabeza (¿?) por un golpe no mortal, la cerradura estaba forzada pero sin huellas aparentes. Gregorio desapareció para siempre de la ciudad dejando todas sus pertenencias. La guardia abandonó la habitación por falta de pruebas según la versión oficial, por “procedencia pobre” por según el decir popular. Los mercaderes que venden frutas en la cuadra de la casa de Gregorio insisten que su cuerpo yace ahogado en el fondo de la bahía del puerto. Al día de hoy nadie sabe que pasó con el cuerpo de Gregorio, si es que está muerto realmente.

Con el padre muerto (o desaparecido) la personalidad del hijo cambia. Se recuerda la relación entre los dos como “poco feliz” y “muy violenta”. Al parecer, el hijo mayor y el padre se disputaban el amor de su madre. Ambos la adoraban fervorosamente, de manera obsesiva, competían por ella. Mujer muy enferma, querida en todo el barrio, trabajó toda su vida para colaborar en la casa y darle un plato caliente de comida a sus hijos, tarea que su esposo jamás se encargó de realizar. Vicioso, golpeador, violento y verborrágico, Gregorio era un hombre muy conocido en la zona. Trabajador del puerto, vago y haragán, vivió más momentos bebiendo en la taberna que jugando con sus hijos. Siete hijos tuvo la pareja, quién sabe cuantos más tuvo con otras mujeres. Muchos fueron los problemas que Jansen afrontó siendo el más grande de sus hermanos. No solo los protegía y cuidaba de los golpes de su padre, sino que tuvo que tomar el rol de “hombre de la casa” hasta que fueron ellos lo suficientemente maduros. Cuando su padre decidió abandonar su casa para irse con otra mujer, Jansen pasó los peores momentos de su vida. Rondaba los trece años el muy maduro joven, en ese momento, comenzó su suplicio. Su madre cayó enferma, durante mucho tiempo no pudo trabajar. Jansen, el mayor de sus hermanos y el único capaz de llevar un plato de comida a su casa, tuvo que cargarse al hombro a su familia y cayendo en las peores bajezas que un pobre tiene irremediablemente a su alcance, tuvo que optar por ellas antes que seguir con sus proyectos personales. Jamás pudo cumplir su anhelo de ser un estudioso de las artes mágicas. Fue arrastrado por los peores componentes de la sociedad que pueden encontrarse en los suburbios de los barrios populares, la calle pasó a convertirse en su hogar y única fuente de sustento. Nucleado y organizado en su pequeña pandilla, “los amigos de tránsito”, se vinculó con personajes siniestros que le enseñaron lo único que Jansen conoce hoy: las sombras y el engaño. Solo trata de sobrevivir en el ambiente hostil que es la calle, el conjunto de la sociedad injusta donde nació. Conoció así los vicios, el gusto por el dinero, la cárcel, el odio social, el temor y la ansiedad, el rencor y la traición. Desarrolló un tremendo rechazo hacia la autoridad, enemiga de sus hazañas, protectora de los ricos, asesina de los pobres. La inocencia en su temprana adolescencia se perdió para siempre. Los días en que soñaba ser un hechicero se fueron, hoy en día, tiene un marcado rechazo hacia la cultura y el conocimiento oculto en general; a la fuerza comprendió que solo los ricos pueden ocuparse de ellos. Para una familia pobre lo único que resta es sobrevivir como se pueda. Al perder su posibilidad de estudio, Jansen fortaleció sus habilidades que le dan respeto y un cierto reconocimiento. La calle es para el como un juguete, un lugar que conoce a la perfección, SU lugar. Fuera de ella, no es nadie.

Hecha esta escueta descripción de su familia y su historia, volvemos con el padre. Ese último encuentro en la casa de Gregorio fue el último. Se fue gestando a partir de ese día una patología común y esperable en una persona que ha sufrido tanto. La imagen del padre, causa de todos sus sufrimientos y culpas, desaparece. Ha muerto o se ha ido, eso no importa. La fuente del dolor ha migrado de lugar, de la figura del padre a la de su hijo, Jansen deberá ahora encontrar la causa de todo su sufrimiento y suplicio en él mismo. Con la muerte del padre nace en el hijo el padre introyectado.