Un hombre entró a la taberna. Su aspecto era bastante exótico, no era algo ordinario que una persona con cabellos pelirrojos entrara en aquel lugar perdido en el tiempo y el espacio. El tabernero lo miró con curiosidad, pero por su cabeza pasaban más ideas que simplemente saber cuántas monedas tendría en su bolsillo. Su caminar era pausado, como si meditara en cada paso, pero sus ojos tenían una llama que daba la sensación de poder destruir todo con un simple deseo.
-Buenas noches, quisiera un poco de aguamiel y una buena cama. Debo seguir viaje temprano por la mañana y quiero estar bien descansado.
La voz del extranjero era dulce y armoniosa. Parecía como si cada sonido sacado de sus labios sincronizara con una gran orquesta. Y sus ojos tenían la profundidad del océano.
El tabernero asintió y rápidamente entregó aquella exótica bebida al extraño. Intentó deducir de donde podría venir tan pintoresco personaje, pero sus ropas y sus rasgos no parecían provenir de ningún lugar que conociera.
-A donde se dirige señor? Acaso no sabe del peligro de los bandidos? Últimamente han estado muy activos y es peligroso viajar, sin la compañía adecuada.
-A ningún lado, simplemente viajo. Mi camino se continúa aún por muchas millas y quizás nunca termine. Incluso puede que los bandidos sean parte de él. No me molestaría siempre y cuando llegue.
-Pero que es lo que usted busca, nunca había escuchado a nadie así. Si bien este lugar es el punto de partida de muchos viajes todos tienen un destino, acaso el de usted es desconocido?
-Es que señor mío, mi viaje no tiene un punto donde terminar, sino uno donde empezar. Yo no busco mi destino, porque no creo en él. Yo busco mi esencia y mi ser para poder forjarme así una vida. Yo no puedo tener destino si no poseo un lugar del cual partir. Es ahí a donde me dirijo.
En ese momento el tabernero se percató de que los grandes ojos azules del extraño estaban vacíos, como si careciera de un alma que albergar.

