Muchos años después, Bregor se preguntaría el por qué de sus actos. Todo tiene su consecuencia, se diría en la frialdad de algún monasterio perdido del mundo. Dicen que hay que honrar al padre, pero… cuando el padre no honra a su madre, ¿qué hacer? ¿Cómo no alterarse ante el sonido tétrico de las palabras del progenitor, que amenazaban con la muerte del ser amado? En sus más profundas pesadillas, Bregor recuerda exactamente la secuencia, aunque como es algo vivido tantas veces, ya la puede recorrer con objetividad. Primero, Jantra, su padre, gritándole a su madre, Melian, acusándola de haber dicho algo –ahí estaba la clave. Algo, ¿pero qué?-. Luego vendrían los estertores de su madre, siendo sofocada por las manos de aquel que había elegido para pasar el resto de sus días.La mirada y los llantos del hijo.El último exhalar de la madre.El terror del padre al ver la daga en las manos de su hijo.La sangre que bañaba al hijo, producto de los repetidos cortes en el cuerpo del padre.Luego vendría el vagabundeo por años, el recibimiento en la orden de Manwë. Por último, el juramento de no tomar armas ni pronunciar palabra hasta no entender qué podría haber dicho su madre que hubiera causado la locura. Sin embargo, al acercarse a las murallas de Doroteh, no pudo evitar sentir que tal vez las respuestas podían encontrarse ahí adentro. Tal vez llegue el día en que su palabra no mate a alguien, sino que salve. Ahí entonces, podrá encontrar una relativa paz.